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La letanía contra el miedo

Hay dos fuerzas primordiales en el universo: el Amor y el Odio. Estas dos fuerzas expresan dos principios cósmicos contrapuestos, el de la afirmación y de la negación, la simpatía y la enemistad, la armonía y la lucha, la guerra, la oposición. Todo el universo está construido siguiendo la pauta de esta tensión permanente entre una y otra fuerza arquetípica. En la vida humana ambas se expresan a diferentes niveles. El hombre ordinario vive su vida poseído por estas dos fuerzas, es impotente ante ellas. Por el contrario, el “hombre despierto” es dueño y señor de su destino. Se instala en medio de la lucha proveyéndose de estas fuerzas para la sublimación de sus capacidades y la coronación de su voluntad. Esto es, para la vida superior.
Todo cuanto el amor, en sus diversos grados, despierta en el hombre es confianza, seguridad, bienestar. Por el contrario, allí donde el hombre percibe odio, animadversión, antipatía, se encienden las alarmas que señalan el peligro. El miedo se instala en el alma humana cada vez que ésta percibe el palpitar del “odio”. Allí donde el “odio” actúa hay un riesgo para la integridad humana, pues éste es siempre destructivo, nocivo, tóxico. La respuesta natural al odio es el miedo, la turbación, la desconfianza.

La magia del mundo: la sinfonía del Dios encantado


Un hombre se enamora y expresa su amor declarando que ha sido “hechizado”; luego le presentan a alguien y caballerosamente pronuncia el consabido “encantado de conocerle”. Otro ejemplo: una multitud oye el discurso de un político con el cual se identifica y se dice de ellos que “están fascinados”, o “la gente ha sido embrujada por tal o cual...”. Los conceptos fascinación, sugestión, encantamiento, sortilegio, conjura, etc., y sus derivados, forman parte del vocabulario común que utilizamos en la vida cotidiana. Hasta los más recalcitrantes racionalistas utilizan con desenvoltura vocablos cuyo origen se encuentra estrechamente ligado con el mundo de la magia. No obstante, cada vez que pueden declaran que la magia como tal, es fruto de la superchería, de la ignorancia de la gente, y se declaran escépticos e incrédulos atrincherándose en lo que ellos consideran el verdadero saber: el conocimiento científico y racional del mundo.

Esta mentalidad anti-mágica, racional y cientificista es la que predomina en los medios cultos de las sociedades occidentales. El problema es que se reniega de la espiritualidad con la misma liviandad con que se prescinde de la magia. La idea central de este pragmatismo moderno, de este rechazo por el contenido mágico del mundo, de esta verdadera animadversión por el lado “oculto” de las cosas, tiene que ver con una compulsión, un apremio que lleva al hombre a querer enclaustrarse en la materia. Es un instinto que lo arroja de bruces sobre el espejismo de la realidad sensible y lo incita a cerrar los ojos frente a todas aquellas cosas que no calzan con la explicación del mundo que la ciencia oficial le brinda. Es como si la mente humana intentara escabullirse de algo, de una amenaza que la sobrecoge, que la horroriza. Y es que todo aquello que genera rechazo convulsivo tiene que ver con el miedo. En el caso de la magia y de la espiritualidad es un miedo metafísico, un miedo que atañe únicamente al alma, a la psiquis humana, y que dice relación con una poderosa intuición que le sugiere: “todo lo que está más allá del mundo material pertenece a un ámbito en que se mueven fuerzas en extremo peligrosas, potestades extrañas, infernales...”.