Hay dos fuerzas primordiales en
el universo: el Amor y el Odio. Estas dos fuerzas expresan dos principios
cósmicos contrapuestos, el de la afirmación y de la negación, la simpatía y la
enemistad, la armonía y la lucha, la guerra, la oposición. Todo el universo
está construido siguiendo la pauta de esta tensión permanente entre una y otra
fuerza arquetípica. En la vida humana ambas se expresan a diferentes niveles.
El hombre ordinario vive su vida poseído por estas dos fuerzas, es impotente
ante ellas. Por el contrario, el “hombre despierto” es dueño y señor de su
destino. Se instala en medio de la lucha proveyéndose de estas fuerzas para la
sublimación de sus capacidades y la coronación de su voluntad. Esto es, para la
vida superior.
Todo cuanto el amor, en sus diversos grados,
despierta en el hombre es confianza, seguridad, bienestar. Por el contrario,
allí donde el hombre percibe odio, animadversión, antipatía, se encienden las
alarmas que señalan el peligro. El miedo se instala en el alma humana cada vez
que ésta percibe el palpitar del “odio”. Allí donde el “odio” actúa hay un
riesgo para la integridad humana, pues éste es siempre destructivo, nocivo,
tóxico. La respuesta natural al odio es el miedo, la turbación, la
desconfianza.

