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¿Quién sueña a quién, Dios a los hombres o los hombres a Dios?

¿Quién sueña a quién, se preguntan los sabios hoy en día: Dios a los hombres -como han pensado y creído, desde la más remota antigüedad, generaciones y generaciones de seres humanos- o los hombres a Dios, como parece ser que creen (o quieren creer) tantos hombres de ciencia, filósofos y pensadores ilustres del presente? ¿Es la existencia de Dios una creación de la mente humana? Esta es la interrogante que se extiende como una mancha de petróleo por ese vasto océano de incertidumbre en que vive el hombre del presente.  
¿Existe Dios? ¿Es la sola idea de un Ser Supremo únicamente un ardid de la mente humana para procurar encontrarle un sentido a su propia existencia? ¿Representa la idea de Dios sólo el miedo del hombre a morir, a la cesación del ser que representa la muerte? ¿Qué hay detrás, entonces, del cimbreante misterio de la vida? ¿Y qué detrás de las estrellas, del espacio infinito, más allá del tiempo...?

La magia del mundo: la sinfonía del Dios encantado


Un hombre se enamora y expresa su amor declarando que ha sido “hechizado”; luego le presentan a alguien y caballerosamente pronuncia el consabido “encantado de conocerle”. Otro ejemplo: una multitud oye el discurso de un político con el cual se identifica y se dice de ellos que “están fascinados”, o “la gente ha sido embrujada por tal o cual...”. Los conceptos fascinación, sugestión, encantamiento, sortilegio, conjura, etc., y sus derivados, forman parte del vocabulario común que utilizamos en la vida cotidiana. Hasta los más recalcitrantes racionalistas utilizan con desenvoltura vocablos cuyo origen se encuentra estrechamente ligado con el mundo de la magia. No obstante, cada vez que pueden declaran que la magia como tal, es fruto de la superchería, de la ignorancia de la gente, y se declaran escépticos e incrédulos atrincherándose en lo que ellos consideran el verdadero saber: el conocimiento científico y racional del mundo.

Esta mentalidad anti-mágica, racional y cientificista es la que predomina en los medios cultos de las sociedades occidentales. El problema es que se reniega de la espiritualidad con la misma liviandad con que se prescinde de la magia. La idea central de este pragmatismo moderno, de este rechazo por el contenido mágico del mundo, de esta verdadera animadversión por el lado “oculto” de las cosas, tiene que ver con una compulsión, un apremio que lleva al hombre a querer enclaustrarse en la materia. Es un instinto que lo arroja de bruces sobre el espejismo de la realidad sensible y lo incita a cerrar los ojos frente a todas aquellas cosas que no calzan con la explicación del mundo que la ciencia oficial le brinda. Es como si la mente humana intentara escabullirse de algo, de una amenaza que la sobrecoge, que la horroriza. Y es que todo aquello que genera rechazo convulsivo tiene que ver con el miedo. En el caso de la magia y de la espiritualidad es un miedo metafísico, un miedo que atañe únicamente al alma, a la psiquis humana, y que dice relación con una poderosa intuición que le sugiere: “todo lo que está más allá del mundo material pertenece a un ámbito en que se mueven fuerzas en extremo peligrosas, potestades extrañas, infernales...”.