Desde hace
mucho, mucho tiempo, los amos del mundo no son los gobiernos sino los
dirigentes de un puñado de instituciones financieras internacionales que tienen
el monopolio del control del dinero a escala global. Éstos son secundados por
los altos ejecutivos de unas cuantas organizaciones internacionales como el
FMI, el Banco Mundial, la OCDE, la OMC, etc. Desde ese Olimpo difuso y
tenebroso los dioses del dinero dirigen los pasos de los bancos centrales de
todo el mundo manejando las políticas monetarias de los países y determinando el
valor de la moneda y la estabilidad financiera de los Estados.
En un escalafón inmediatamente inferior se encuentran los mandamases de las
grandes corporaciones transnacionales cuyo flujo financiero supera en mucho la
riqueza de la mayor parte de las naciones. Estas empresas son, al mismo tiempo,
las principales fuentes de financiamiento de los partidos políticos —de todas
las tendencias—, así como de los grandes centros de investigación científica, de
las universidades y de los laboratorios de ideas o think tank a escala planetaria. Por lo mismo, el poder político se
encuentra absolutamente subordinado a los intereses de estas grandes entidades
y corporaciones, lo cual las pone por encima de las leyes a que deben someterse
los ciudadanos de todos los países.


