Según algunas
fuentes de la tradición cristiana, en 1165 tres importantes y poderosos
regentes de la cristiandad, el Papa Alejandro III y los emperadores de Oriente
y Occidente, Federico Barbarroja y Manuel Comeno, recibieron una carta de un
enigmático soberano que se autoproclamaba “rey cristiano-nestoriano”. En la
misiva el misterioso personaje hablaba de la existencia de un verdadero paraíso
terrestre en el que, entre otros muchos tesoros, se encontraba la fuente de la
eterna juventud y donde sus habitantes vivían en una felicidad perpetua. Luego,
la leyenda le atribuyó a este rey, conocido como Preste Juan, la propiedad de una “piedra mágica” capaz de devolver
la vista a los ciegos y hacer invisibles a los hombres. Esta “piedra”,
obviamente, nos recuerda al Grial, cuyas historias comenzaron a circular por
toda Europa aproximadamente por las mismas fechas, el cual para Wolfran von
Eschembach –autor del Parzival–, era una “piedra” caída del cielo (o más
específicamente, de la frente de Lucifer, el “portador de la Luz”).